Caín y Abel

Opinión
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Elizabeth Ugalde

Elizabeth Ugalde

Tiene una licenciatura y maestría en Psicología por la UNAM y ha trabajado durante tres lustros en los Centros de Integración Juvenil.

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Las relaciones entre hermanos son complejas, incluso entre quienes “siempre se han llevado bien”. En mi consulta he encontrado a lo largo de los años muchas personas a quienes les cuesta trabajo reconocer, enfrente de alguien que no sea de la familia, que los hermanos pueden tener, en ocasiones, sentimientos o acciones no de tan buena fe

Hay otros, en cambio, cuyo motivo principal de la consulta es justo ése: “Yo no me he llevado con mi hermano (a) desde el día que nació”. Y a lo largo de la vida esa rivalidad a veces crece como bola de nieve, sin ninguna otra razón que al de enfrente no le parece que el otro haya nacido. Así de grave y de simple.

Conozco a una familia, que aquí denominaré Hernández, por decir algún apellido, que el conflicto viene de hace cuarenta y tantos años. Así es, ni más ni menos. La historia es así: Pepito sólo tenía ocho meses cuando su mamá, que era todo para él, como suele ser a esa tierna edad, quedó embarazada de su hermanita menor, que nacería nueve meses después, justo al año cinco meses del niño.

Los papás cuentan que nunca se han llevado bien y no es para menos. Pepito una vez intentó “darle de comer” a la hermana, de cuna, metiéndole un tamal entero en la boca… Por fortuna algún adulto pasó por ahí y evitó la tragedia; de más grandes, en un juego de niños, Pepito tomó una sombrilla y alcanzó a su hermana con la punta, con lo que casi le sacó un ojo… Y de éstas hay más historias de la primera infancia de ambos.

En la adolescencia las cosas se recrudecieron: las acciones pasaron a insultos entre ambos, golpes, maldiciones y demás. Se hicieron famosos por llevarse mal en la familia, tanto, que uno de ellos acudió a mi consulta para saber el porqué nunca había podido llevarse bien con el hermano (a).

Ahora los padres de ambos ya no viven y “se fueron” con el pendiente de que sus hijos nunca se habían llevado bien. No tengo que explicar que todo nació desde una falta de planeación en los hijos. Sin justificar a Pepito, para él fue un golpe mayúsculo que otro ser llegara a quitarle el cuidado, atención y amamantamiento de la madre, cuando no tenía ni un año de edad.

El padre, por trabajo, casi siempre estaba ausente, de lunes a sábado, y los domingos, cansado del ajetreo de la semana, quería quedarse en casa “ a descansar”, o sólo a dormir, por lo que puede decirse que la madre era prácticamente la única que cuidaba de los críos.

Más adelante, quizá por comodidad o evitar más enfrentamientos, no hubo quien pusiera límites en la relación entre hermanos.

La mamá murió cuando ambos eran adolescentes y el padre se hizo cargo de ambos, pero seguía trabajando todo el día y era un easy going, es decir, una persona que evitaba el conflicto, así que las cosas siguieron igual.

Cansada de esta situación, la hermana se casó en cuanto pudo y abandonó el hogar familiar. Los hombres, padre e hijo, vivieron todavía un tiempo juntos, hasta que José, ya adulto, decidió emprender el vuelo y vivir de forma independiente.

Los libros de cuentos nos han enseñado que los hermanos de sangre se quieren bien, se respetan y procuran. Pero la vida real nos muestra en historias como ésta que no siempre es así, y que más bien el conflicto es parte inherente de la relación con hermanos, como la historia bíblica de Caín y Abel.

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