El robo de un Premio Nobel

Opinión
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Aldo Cavazzani

Aldo Cavazzani

Se graduó como médico veterinario en la UNAM y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Brunel, en Londres, Inglaterra. Inició su carrera profesional en la IF en 1986 al ocupar diversas posiciones en las áreas de Marketing y Ventas en diversas compañías, tanto en México como a nivel internacional. Ahora conduce su propia empresa denominada Novara Medical Systems, una firma especializada en la aplicación de tecnologias de la información para dar servicio al cuerpo medico, pacientes y punto de venta.

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Mientras el famoso doctor Selman A. Waksman recibía el Premio Nobel de Medicina en Estocolmo, Suecia, por el descubrimiento de la estreptomicina, el nombre del verdadero descubridor, Albert Schatz, estudiante del mismo Waksman, no era ni siquiera mencionado en el discurso de aceptación del premio

"........Y así, de esta manera tan dedicada como consistente, los experimentos fueron dirigidos, diseñados, conducidos y desarrollados por mí mismo y mi equipo de colaboradores, muchos de ellos estudiantes de grado y posgrado, que dio por resultado el descubrimiento de este nuevo y potente antibiótico que se llamará estreptomicina y que, entre otros grandes beneficios terapéuticos, permitirá eliminar de la faz de la Tierra a la tuberculosis o también llamada plaga blanca, ese gran flagelo que azota la humanidad desde tiempos inmemoriales y que ha cobrado incontables víctimas de la raza humana en todos los continentes.

“Por estas razones, agradezco al Comité del Premio Nobel mi nominación y acepto con gran responsabilidad el premio Nobel de Medicina como un reconocimiento a mi esfuerzo, voluntad y resultados”. El Rey de Suecia, en su discurso, hizo una pausa, se dirigió a él y le dijo:

-Doctor Waksman, lo considero uno de los más grandes benefactores de la humanidad.

Con estas palabras Waksman recibió el Premio Nobel de Medicina de 1952, pero en ese momento sólo él sabía que recibía un premio basado en un plagio de resultados de un alumno suyo y el verdadero descubridor de la estreptomicina, Albert Schatz.

 

El robo de un Premio Nobel2

El inicio
Todo empezó el día que Albert Schatz llegó a la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey para continuar sus estudios sobre microbiología agrícola. El joven Schatz de 23 años, que provenía de Norwich, Connecticut, estaba entregado en cuerpo y alma al descubrimiento de cepas de microorganismos capaces de incrementar la fertilidad de las tierras, y con ello, mejorar su productividad.

Sin embargo, al llegar a Rutgers, la carrera profesional de Schatz dio un giro de 180 grados, y en vez de estudiar bacterias que mejoran la productividad agrícola, cambió su campo de trabajo al estudio y desarrollo para encontrar microorganismos capaces de producir nuevos y cada vez más poderosos antibióticos. Lo que acontecía en ese entonces es que había una razón muy poderosa detrás del viraje sugerido por Rutgers y se refería a que el departamento de inteligencia estadounidense, había determinado que tanto Alemania como Japón, estaban en un proceso avanzado de producir armas biológicas mortales que no dudarían en utilizar contra la población civil aliada, agentes biológicos tales como el ántrax, el cólera, el tifus o la tuberculosis. Por desgracia, el descubrimiento magno, que representaba la penicilina, no tenía ningún efecto sobre tales enfermedades. El joven Schatz aceptó el cambio y fue asignado al grupo que conducía el Profesor Selman Waksman, quien accedió a conducirlo en sus estudios de posgrado.

Schatz estaba fascinado con un microorganismo llamado Streptomyces griseus, un tipo de bacteria (actinomiceto) que él mismo había encontrado en la tierra de la granja de la Universidad Rutgers y a la que había comenzado a dedicar su tiempo a 100%. Por el perfil del actinomiceto, Schatz estaba convencido de que en éste podía estar la clave de la cura para la tuberculosis. Y así fue, el 23 de agosto de 1943, Schatz logró confirmar que este microorganismo producía un potente antibiótico. En ese momento, Schatz no conocía la verdadera efectividad del medicamento que creaba. Pero esa certeza llegaría sólo dos meses después, cuando fue capaz de confirmar que funcionaba para matar tanto la Escherichia coli como el bacilo de Koch, causante de la tuberculosis.

El 19 de octubre del mismo año, puso un cultivo en un tubo de ensayo, lo selló y lo guardó en su bolsillo. Ese mismo día, le mostró el tubo a Julius y Rachel, sus padres, y les explicó los detalles de su hallazgo. Rachel no había terminado el colegio y no comprendía lo que trataba de explicar un emocionado Schatz. Su hijo tan sólo les dijo que estaba seguro de haber hallado una cura para la enfermedad que había matado a tantos amigos y conocidos. Eso sí lo podían comprender.


 

El plagio
Quien sí estaba 100% al tanto del alcance de este descubrimiento era el supervisor de Schatz, Selman Waksman. El estudiante le había entregado los resultados de su investigación para que los revisara y los editara. Sin decirle nada a Schatz, Waksman envió la publicación a la Clínica Mayo, donde realizaron pruebas en conejillos de indias para probar los resultados in vitro de Schatz. El medicamento funcionó en el estudio experimental y quedó concluido que la estreptomicina era capaz de curar infecciones, incluida la tuberculosis, que había resistido incluso el tratamiento con penicilina.

A cambio, la Clínica Mayo le envió a Waksman muestras de una peligrosa cepa humana de Mycobacterium tuberculosis, la H37Rv, para que probara cómo reaccionaba frente a la estreptomicina. No obstante lo anterior, Waksman jamás se acercó al laboratorio localizado en el sótano del edificio, tres pisos debajo del piso de Rutgers, pues le tenía terror a un posible contagio. Schatz realizó todas las pruebas de una investigación que aparecería publicada en noviembre de 1944 en la que el nombre de Waksman estaba al comienzo y el de Schatz, al final.

A medida que se comenzó a correr la voz sobre el descubrimiento, los reporteros y especialistas acudieron a Rutgers para registrar el impresionante evento. Pero al contar y recontar la historia, el doctor Waksman comenzó a desplazar de manera progresiva el nombre de Schatz y a tomar todo el crédito del hallazgo. A la vez, hizo arreglos con Rutgers para recibir cientos de miles de dólares en regalías por la patente del fármaco. El estudiante no recibió nada.

Fue recién ahí cuando Schatz recordó una vieja historia que circulaba en Rutgers y que incluía a un estudiante ruso llamado Jacob Joffe, uno de los primeros estudiantes de Waksman. Al momento que ese estudiante terminó su investigación sobre una bacteria que convertía los compuestos sulfuros en ácido sulfúrico, indispensable para liberar fosfato (un importante fertilizante natural), todos supieron de inmediato que se trataba de un gran descubrimiento.

Waksman hizo con él lo mismo que haría después con Schatz: publicó los resultados poniéndose a sí mismo como autor principal. Joffe se quedó en Rutgers, al convertirse en profesor y autoridad en ciencia del suelo, pero la credibilidad de Waksman quedó mermada para siempre.

En 1950, Schatz demandó a Waksman y a Rutgers, y luego de un año de batalla legal, el profesor y la universidad acordaron un arreglo que reconocía al doctor Schatz como “co-descubridor” de la estreptomicina y le daba derecho a cierta parte de las regalías. Sin embargo, dos años después, sólo Waksman recibió el Premio Nobel por el descubrimiento. El doctor Schatz protestó, pero el Comité del Premio Nobel dictaminó que en aquel entonces era sólo un asistente de laboratorio que trabajaba para un eminente  científico. Schatz desapareció para la academia del primer mundo que le cerró las puertas, lo que lo obligó a emigrar. Después del pleito legal, Schatz solicitó empleo en mas de 50 universidades estadounidenses y todas ellas mantuvieron al doctor Schatz fuera de sus planteles. Durante 1962 y 1965 vivió en Chile y trabajó en distintas facultades de la Universidad de Chile y en 2005 murió en Filadelfia víctima del cáncer pancreático guardando la historia completa sólo para sí.


 

El hallazgo
La historia de la estreptomicina había quedado en suspenso hasta que el escritor Peter Pringle, al llevar a cabo una investigación para su libro Experimento 11, solicitó a la Universidad de Rutgers revisar la documentación de la estreptomicina misma que fue aprobada. Al revisar una pequeña caja que no había sido abierta en décadas, se encontraron cinco cuadernos identificados con el nombre de Albert Schatz. En el cuaderno correspondiente a 1943, en la página 32, el doctor Schatz había iniciado el experimento 11. Con una cuidadosa letra cursiva, había escrito la fecha 23 de agosto de 1943 y el título: “Experimento 11 con actinomicetos antagonistas”, una referencia a los extraños microbios encontrados en la tierra y capaces de producir un poderoso antibiótico. Con esto quedaba por fin claro que el hallazgo era sólo suyo.

El final
Aunque fue reivindicada la autoría del doctor Albert Schatz a lo largo de su vida, e incluso reconocida por la Universidad de Rutgers, no fue sino hasta hace poco tiempo cuando se mostró al público la prueba que define esta controversial historia. El corresponsal veterano y periodista británico Peter Pringle, quien se dedicó varios años a recolectar información sobre este hecho, en abril de este año, publicó su libro Experiment eleven: Dark secrets behind the discovery of a wonder drug, editado por Walter & Company, y allí relata los hechos.

El profesor e investigador de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, Peter Lawrence, quien escribió sobre esta controversia en la revista Nature en 2002, comenta en una reseña del libro de Pringle publicada en la revista Current Biology, lo siguiente:

“Waskman se merecía la coautoría del descubrimiento de la estreptomicina porque fue un líder, desarrolló la línea de investigación sobre el aislamiento de los antibióticos del suelo antes de que llegara Schatz, fue él quien organizó la colaboración con los investigadores de la Clínica Mayo para obtener las cepas y hacer pruebas clínicas y fue él quien negoció la comercialización del antibiótico con Merck y Compañía. Waksman hacía la política y el joven Schatz la investigación y purificación del antibiótico”.

Irene Perez Schael, investigadora y escritora sobre el tema, concluye que “la verdad no se puede ocultar por siempre. El tiempo siempre se encarga de encontrarla, aunque sea después de la muerte”.

Referencias bibliográficas

• Irene Pérez Schael (2012) El descubrimiento de la Estreptomicina. Mirador Salud. Buenos Aires, Argentina.
• Raviña Enrique (2008) Medicamentos. Un largo viaje a lo largo de su evolución. Universidad de Santiago de Compostela. España.
• H. Boyd Woodruff (2014). A review on Selman A. Waksman, Winner of the 1952 Nobel Prize for Physiology and Medicine. Applied Environmental Microbiology. Vol. 80 Num. (1): páginas 2–8.
• Albert W. Burgstahler (2005). Albert Schatz. Actual Discoverer of Streptomycin. Fluoride. Vol. 38 Num. (2): páginas 95–97.
• Peter Pringle (2004) Experiment Eleven: Dark Secrets behind the discovery of a wonder drug. Editorial. Walter & Company.
• Kingston W. (2004) Streptomycin, Schatz & Waksman, and the balance of credit for discovery. J. History Med Allied Science Vol. 59. Num. (3): páginas 441-462.
• Selman Waksman and Antibiotics (2004). National Historic Chemical Landmark Rutgers. The State University of New Jersey.
• Veronique Mistiasen (202) Time, and the great healer. The Guardian

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