Transformaciones: ¿hembras alfa y machos beta?

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Enrique Chao

echao@dialogoejecutivo.com.mx

Es consultor de publicaciones industriales y de negocios, experto en generar ideas para contenido y director de diversos proyectos editoriales.

Los hombres ya no son lo que dicen que son, ni tampoco las mujeres; por lo menos, las definiciones de lo que eran y hacían hace 30 años ya no se parecen a las que hoy aceptan

La previsión del futuro de la familia hace tres décadas no planteaba los cambios estructurales tan profundos que se suscitaron después. La revolución de las mujeres fue más honda y con mayores alcances de lo que muchos preveían; además del derecho a votar y ser votadas, las mujeres participaron con intensidad y pasión en la vida política, en la vida pública y en la vida de los negocios. Como ejemplos, ahora hay varias presidentas que gobiernan en sus respectivos países.

Por otro lado, las mujeres son cada vez más quienes sostienen la casa, quienes llegan a la universidad, quienes se titulan, quienes trabajan y quienes ocupan altos cargos. Las hay que trabajan, incluso, en la minería, en donde estaban vedadas para cualquier cargo, porque acarreaban la mala suerte…

Según Pew Research: “Hoy, más mujeres que hombres se gradúan de la universidad y posgrados (…), y en 24% de los matrimonios, las mujeres ganan más que sus esposos. En 1960 el porcentaje era 6.2%”, compara esa investigación.

En Estados Unidos, país donde las mujeres son protegidas por la ley ante el maltrato y el acoso, “el adulterio femenino ha crecido 40% en las dos últimas décadas, con lo que se ha igualado al masculino; además, 34% de las que confiesan ser infieles dicen ser felices en su matrimonio”.

En México, con base en datos del INEGI hay un claro aumento de la tasa de divorcios a partir de 1971, cuando la relación entre matrimonios y divorcios era de 100 por cada tres; para el año 2000, el número de divorcios, en relación con el mismo número de matrimonios, se incrementó en más de 50%, es decir, siete por cada 100 matrimonios. Para 2008, el índice de divorcios ya se había duplicado: por cada 100 matrimonios, se contabilizaron 14. A pesar de ello, como se puede palpar, prevalece con holgura la formación de parejas.

La mujer se impone
En occidente, el papel de la mujer en la sociedad patriarcal, en la que el hombre impone sus decisiones en la familia, ha cambiado de manera sutil. Y, de igual manera, pero en sentido contrario, como respuesta, el rol del hombre ya no es el mismo que antes, por lo menos de una manera tan pronunciada (no así en otras sociedades y comunidades, como entre los musulmanes, que tienen todo un reto por delante con el tema de las mujeres, las parejas, la familia y la educación de los hijos).

La equidad de género es el concepto que ha puesto en jaque a infinidad de tics y conductas reflejas que están muy enraizadas en países como el nuestro. Sin embargo, y con firme pulso, las mujeres han logrado avances señeros en los campos de la educación, el trabajo y la salud. A pesar de ello, muchas féminas aún no han podido conquistar ese reconocimiento en el ámbito doméstico.

El cabeza de familia, quien consigue los recursos para el hogar -“matándose en la chamba”, como suele decir-, para que la mujer los administre de manera óptima, “con el interés de multiplicar el bienestar de la familia”, ya no es sólo el hombre, o por lo menos, su reclamo ya no es para tanto.

La incorporación de la mujer al mundo laboral y académico ha cambiado la orientación de las tendencias que, por ahora, producen muchas fisuras en lo que se ha dado en llamar “la familia tradicional”.

A ese cambio contribuye, además, la crisis económica, donde los empresarios, por razones que van desde la productividad, la honradez y la habilidad, muestran una marcada preferencia por contratar a más mujeres que a hombres.

Los varones domados
En un Diario femenino, así se llama la publicación electrónica, se asevera que “la crisis, una vez más, es la que ha irrumpido hasta el fondo de la vida en familia… y es la que ha removido los estándares de la sociedad”.

El aumento de los desempleados (o parados) “entre los hombres con cargas familiares” favorece cada vez más el surgimiento de un nuevo tipo de hombre; quien debe quedarse en casa “ocupándose de las tareas del hogar e implicándose al máximo en el cuidado de los hijos mientras su mujer trabaja”. Sucede que es la única proveedora de recursos económicos.

Por supuesto, este planteamiento hace suponer que la autoestima del varón anda de capa caída, que la dueña de las quincenas, como se le decía antes, se ha vuelto una tirana que somete al hombre a un nuevo esquema -porque en la práctica deja de ser el sustento económico de la familia- y que la mujer, además de aguantar la carga de un nuevo papel, el de proveedora del hogar, no se desentiende del todo de organizar y administrar la casa y cuidar a los niños, aunque sigue con el entrenamiento a su pareja masculina para meterlo de lleno en los asuntos domésticos.

Sin embargo, para los hombres no es un papel fácil de asumir. Los psicólogos ven en la desaparición de su rol tradicional un impacto psicológico difícil de superar: “No nos queda más que esperar y ver qué nos depara el final de esta crisis cuajada de transformaciones sociales…, tal vez consigamos, de una vez por todas, la equiparación de responsabilidades familiares entre el hombre y la mujer”, dice un psicólogo.

 

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La pista pareja
Los resultados de esta revolución, en la que muchas mujeres previenen embarazos no deseados y deciden si quieren o no casarse, o ser madres, o tener relaciones sexuales por placer…, han emparejado la pista. Pero a veces, en esa pista al interior de la pareja se cuela el tufo de la competencia, de la superioridad entre unos y otros.

En un estudio realizado en 2013 por la Universidad de Florida, se demostró que los hombres tienden a interpretar el éxito de su pareja como un fracaso personal, y asumen que cuando su pareja es exitosa, ellos lo perciben como que es más exitosa que ellos.

Los estereotipos masculinos todavía pesan en el impulso de muchas por salir del rol tradicional que las confinaba al hogar, la maternidad y la dependencia emocional y económica. Hoy, ellas propugnan en aras de su desarrollo como personas autónomas y como profesionales, y en sus parejas, en el sentido opuesto, se ha dado muy lento un movimiento de desmarcarse del modelo tradicional del macho duro.

Por lo pronto, ellos se han visto impelidos a participar de manera activa de la crianza y colaborar en las tareas del hogar, lo que ha dado lugar a lo que llaman: las mujeres alfa y los hombres beta.

¿Cómo son la mujer alfa y el hombre beta?
Según escribe Constanza del Rosario, en una crónica publicada en la revista electrónica emol.com, que los alfas y betas son clasificaciones tomadas del reino animal, que sirven para definir el rango de un individuo con respecto a su manada: “En el caso de los seres humanos, quien sea alfa goza de una posición de liderazgo social mientras que un beta tiene un rol de seguidor o de segundo al mando”.

Es preciso señalar que la jerarquía en el ámbito de la biología se determina desde una comparación con otro del mismo sexo y no entre un macho y una hembra, ya que puede haber una pareja compuesta por dos alfa, o dos betas o un alfa y un beta.

Entre los seres humanos (ver el libro The alpha woman meets her match, de Sonya Rhodes, Editorial Harper Collins) se le ha llamado mujer alfa a quienes son fuertes, con opiniones claras y mucha confianza en sí mismas. Por lo general, son mujeres independientes, carismáticas, que buscan su desarrollo personal y que no construyen su vida ni autoestima a partir de una relación. ¡Ah! Y también son divertidas, atractivas, desinhibidas y exitosas en el ámbito laboral.

Por su parte, los hombres beta son aquéllos que no tienen problema en realizar tareas por tradición femeninas (como cocinar, lavar, criar bebés) ni les complica ocupar un segundo plano mientras su mujer brilla.

Los beta se hallan más enchufados con sus sentimientos, se conocen más a sí mismos y son más empáticos, comprometidos, colaboradores y fieles que el hombre tradicional.

En conclusión, las alfa son mujeres que han potenciado su cara más masculina o activa, mientras los betas son hombres que han rescatado su lado más femenino.


 

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Hay cada vez más hembras alfa
El problema es que la mayoría de los hombres suelen sentirse intimidados por mujeres que están más preparadas y tienen mejores trabajos e ingresos que ellos. Esto significa un problema a la hora de buscar una relación.

Por ejemplo, en Estados Unidos, algunos estudios han demostrado que las mujeres exitosas en sus carreras y en lo económico, prefieren esconder sus logros por miedo a intimidar y a ser rechazadas por los hombres.

Lo mismo pasó en Inglaterra, según el Times UK, en donde los prospectos para una mujer son cada vez menos entre más aumenta su IQ; al revés que sucede a los hombres, que entre más aumenta su IQ, más prospectos tienen.

Muchos autores hablan de que, en aras de la igualdad, las relaciones sexuales, matrimoniales y familiares se han modificado más en los últimos 50 años que en los tres siglos anteriores, debido en parte a que los cambios sociales en general y su difusión casi instantánea provocan rápidas modificaciones en los modos de convivencia de las parejas.

En un estudio llamado Igualitarismo, tareas domésticas y frecuencia sexual en el matrimonio, publicado en 2013 por la American Sociological Review, “un hombre casado tiene menos relaciones (1.5% menos) cuanto más tiempo le dedica a tareas como la cocina o la limpieza, mientras que hará más el amor si se dedica al jardín, o a arreglar el coche”.

En España, en un estudio parecido, se habla de la existencia de “unos guiones sexuales, divididos por géneros, en los que la imagen tradicional del hombre y la mujer es importante a la hora de generar deseo y en el momento de desempeñar el acto sexual”.

Sabino Kornrich, del Instituto Juan March de Madrid, y autor de dicho estudio, explica que esta incompatibilidad entre las tareas de la casa y la actividad sexual es que “realizar tareas típicamente masculinas y típicamente femeninas lleva a las personas a parecer más masculinas y más femeninas, algo que se asocia con la atracción y la actividad sexual”.

Cambio de roles, pero no de sexo
En esta reseña no hablé de que a los hombres y a las mujeres les hayan cambiado las hormonas para volverlos a unos más femeninos y a las otras más masculinas. Todavía la situación que se vive no llega a esos extremos fisiológicos de igualar los géneros, de tal manera que con los años ambos puedan concebir, criar bebés y cumplir con los roles por lo regular masculinos y/o femeninos.

En esa utopía, o distopía, el uno y la otra ya no necesitarán ni verse siquiera. Hace unos días, por cierto, una nota periodística destacó un apunte de Lee T. Gettler, antropólogo de la Universidad de Notre Dame, que resalta que cuando el varón se involucra en el cuidado de un recién nacido, su testosterona (responsable del deseo) desciende, y la prolactina (vinculada a la producción de leche de la madre) se incrementa, lo que hace que este varón sea más sensible a las necesidades del bebé.

Pero como dicen los franceses: ¡qué viva la diferencia!, mientras la igualdad a la que se aspira sea la de los derechos y oportunidades a la equidad; y en esa aspiración social y política, en el afán de la igualdad, le hemos dado a la pareja la perspectiva de otros colores, formas y sabores.