La ponzoña de los culpígenos

Contraseñas
Typography

Enrique ChaoEnrique Chao

echao@dialogoejecutivo.com.mx

Es consultor de publicaciones industriales y de negocios, experto en generar ideas para contenido y director de diversos proyectos editoriales

 
Hay personas que sin ellas nada más no habría telenovelas. Son los culposos, los intrigantes, los envidiosos, los villanos…, las y los tipos de malas vibras. Les llaman personas víricas o, en corto, gente tóxica, y se han escrito ahora muchos libros y ensayos para aprender a reconocerlas y, en lo posible, alejarse de ellas, cuanto antes mejor, para que no sigan abollando la autoestima

La gente tóxica, o personas víricas, como las llaman en España, crean ambientes pesados, plomizos, con mucha tensión: lo positivo lo recargan en negativo. Cuando uno llega a encontrarse con ellas lo contagian con su mal humor, con su mala leche, con sus intrigas, o con su tristeza, su miedo, su envidia, su vileza… y lo dejan a uno emponzoñado: “Es como un virus”, describen los especialistas que han lidiado con este fenómeno: “… llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, uno recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida”.

No hay un diagnóstico preciso, es decir, los envidiosos no se ponen color verde, ni los quejumbrosos y tristes, azul, ni los malencarados y egoístas, amarillo…, pero con la práctica puede ser fácil reconocerlos. Lo que no es fácil es saber porqué son así; quizá por contagio, por estupidez, por inducción, por envidia, o por falta de consideración, o de tacto, o por puro egoísmo.

De ahí que no hay que dejarse atrapar por sus telarañas. La mente torcida puede enderezarse y hasta el clima de los perversos, si no es tan dañino, limpiarse. Lo importante en esos encuentros es contar con recursos suficientes para protegerse del contagio. Las tipologías de la gente tóxica son de diferente calado, unas son menos venenosas que otras, aunque todas provocan moretones emocionales.

Un ejemplo de tipología es la de los criticones, esos seres que por no tener vida propia viven la de los demás, quizás porque la suya es demasiado aburrida, gris y sin chispa. Ellos le hacen a uno voltear a ver sólo el lado feo de los demás. No encuentran virtudes, sino defectos en quienes los rodean y se encargan de subrayar lo que no les gusta. En su vocabulario no deambulan las palabras de reconocimiento ni las de admiración ni, tampoco, las de respeto.

Otra tipología es la de los cínicos. En el vocabulario de ellos no abundan las palabras de agradecimiento, y sí, las de solicitud; todo lo piden, pero cuando lo devuelven lo hacen de mala gana. Son ingratos. No corresponden ni son bidireccionales. El ego los tiene rodeados, el narcisismo los sofoca.

Una tipología, quizá de las más copiosas, es la de los que se hacen las víctimas, los pasivos que esperan que todos vean por ellos porque, pobrecitos, a ellos les tocó menos, piden compasión y se quejan de su mala suerte: no les cuente que a usted le va bien porque en seguida le reprocharán que la suerte no está bien repartida, que todo es injusto, que la vida apesta. Así que su triunfo perderá brillo y, si lo sigue escuchando, su alegría terminará marchitándose.

La ponzona de los culpigenos 2

El grado de toxicidad
La especialista en comunicación humana, Lillian Glass, profesora de la Universidad de Minnesota, y autora del bestseller mundial Hombres tóxicos, publicado en 1995, y en donde acuñó el término, muy enfocado a las mujeres y a sus relaciones con hombres tóxicos, es decir, con canallas que no las merecían, puntualiza que más allá de las relaciones personales, también existen patologías relacionales en el ámbito laboral, son las llamadas relaciones tóxicas.

En la actualidad, Glass está considerada como una gurú del tema, una de las mayores especialistas internacionales en la identificación y el tratamiento de este tipo de personas.

Glass va al punto cuando pregunta: “¿A quién le gusta rodearse de personas derrotistas, catastrofistas, empeñadas en ver la botella medio vacía, que perciben todo de manera negativa y que siempre están dispuestas a encontrarle los tres pies al gato?”

Como ella, otros especialistas también formulan preguntas parecidas: ¿por qué la influencia de algunas personas puede modificar nuestro comportamiento? ¿Por qué nos volvemos adictos a ciertas personas, sin ignorar que son muy negativas? ¿Somos masoquistas o qué?

Uno nunca sabe, pero, en el fondo, “todos tenemos algo de tóxicos”, sugiere la doctora Glass. Y cuando lo afirma muchos se tientan, se esculcan y se descubren en un rápido inventario, que pasa como ciclón por la mente, que uno está envuelto en muchas situaciones con personas que lo último que miran son los signos positivos.

¿Quién no ha sentido alguna vez la fuerza de la frustración, los mordiscos de los celos, el lodazal de la culpa…, y de ahí, la vergüenza, la angustia o la ansiedad? Estas cuestiones son un conjunto de emociones que pueden volverse tóxicas y hacernos perder el control; por eso, hay que aprender a detectarlas, es el primer paso para sanarlas.

A partir de ahí, si hay introspección, reconocimiento de lo que pasa, uno puede restaurar sin graves daños colaterales la empatía, y seguir adelante.

No hay que olvidar que algunos estudios en el ámbito laboral han detectado “un aumento de la presión arterial, clínicamente significativo, en aquellos empleados que se ven obligados a soportar a un jefe que los lastima. Y que esa hipertensión puede elevar el riesgo de enfermedades cardíacas 16% y la posibilidad de sufrir un infarto 33 por ciento”.


Siempre nos dicen que el estado de ánimo influye en la realización de todas las metas de la vida, pero algunas personas tienen su pila tan baja que para subir su estado de ánimo se recargan en las pilas de los demás y son capaces de minar la alegría de las otras

La ponzona de los culpigenos 3

Reclamos absurdos, ¿qué hacer con ellos?
En nuestro diario acontecer es inevitable toparnos con personas problemáticas. Siempre hay jefes descalificadores, vecinos quejosos, compañeros de trabajo o de estudios envidiosos, parientes injustos, que siempre quieren endosarnos la culpa; siempre hay hombres y mujeres arrogantes, irascibles o mentirosos. 

Todas estas personas tóxicas nos producen malestar, pero algunas pueden arruinarnos la vida, echar a pique nuestros sueños o alejarnos de nuestras metas. ¿Cómo reconocer a la gente tóxica? ¿Cómo ponerles límites?

Bernardo Stamateas, argentino, psicólogo, teólogo y terapeuta familiar, autor de varios éxitos editoriales sobre este tema -ya vendió más de medio millón de ejemplares en todo el planeta con su primer título Gente tóxica, al que siguieron, Emociones tóxicas, Quiero un cambio y Heridas emocionales, y ahora le dio un vuelco al mundo del género de la autoayuda, con otro título de éxito, Más gente tóxica, ha querido responder a las preguntas anteriores y cataloga a estas personas en muchos apartados; entre otros, “quejosos, autoritarios, chismosos, envidiosos y neuróticos”.

Stamateas habla con puntería de cómo son “los que te quieren mal para sentirse bien”, y subraya los prototipos tóxicos que pululan por doquier al tiempo que desvela las claves de su personalidad, a fin de reconocerlos y, en lo posible, evitarlos.

Después de explicarnos cómo distinguir y neutralizar al envidioso, al descalificador, al neurótico y al manipulador, entre otros, Stamateas descubre, en Más gente tóxica, cómo comportarse ante, por ejemplo, el triangulador, el miedoso, el obsesivo, el masoquista, el prepotente, el negativo...

“Muchas veces –dice- permitimos entrar en nuestro círculo más íntimo a gente tóxica, personas equivocadas que evalúan sin darnos tregua todo lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no hacemos”. Se trata de personas tóxicas que potencian nuestras debilidades y nos llenan de cargas y frustraciones. “Ser tóxico es una forma de vivir, de pensar y de actuar; es una manera de funcionar. Mientras todos tratamos de corregir los rasgos tóxicos que percibimos en nosotros mismos, la persona tóxica no los reconoce y vive echando la culpa a los demás, robando su energía. Son adictos emocionales que necesitan hacer sentir mal al otro para sentirse bien ellos”.


“Se puede confiar en las malas personas; ellas no cambian jamás”: William Faulkner

La ponzona de los culpigenos 4

Qué cosas dejar de lado
Por lo general, las personas que guardan emociones negativas en un recoveco del cajón de su mente pueden resentirlo más tarde.

Siempre nos dicen que el estado de ánimo influye en la realización de todas las metas de la vida, pero algunas personas tienen su pila tan baja que para subir su estado de ánimo se recargan en las pilas de los demás y son capaces de minar la alegría de las otras.

Stamateas acepta que todas las emociones tienen una función adaptativa, es decir, “nos transmiten un mensaje”, y precisa que la manera en que las administramos va a determinar si son tóxicas o no.

Por ejemplo, “estar frustrados nos permite hacer nuevos descubrimientos”, la clave consiste en tolerar la frustración, es decir, tener la fortaleza para aceptar que hay cosas que tendré en la vida y otras que no. Otra emoción negativa, los celos, parte del engaño, “al pensar que el control sobre otros mejorará su autoestima”. Stamateas recomienda a las parejas que acepten que “todos somos deseados y deseantes”, y plantea que “la libertad y la decisión son claves en el amor”.

El psicólogo argentino, al hablar de otra emoción que envenena, como la vergüenza, habla del valor que uno estima de sí mismo, y que la vergüenza es tan dañina que “puede provocar desde timidez hasta fobia social”, y predica que debemos “perder la fantasía de que cometer un error me hace ser un error”, y verlo como una oportunidad que nos permite crecer.

Y es cierto. Hay gente insoportable, insufrible, que se la pasa diciendo: ¡Trágame Tierra! Que pierden por anticipado y que se llevan a los demás entre las patas (si los demás se dejan, claro). Es una energía que, con tanto grito de ¡trágame tierra!, puede hacernos caer a los demás.

De los ansiosos, Stamateas refiere que se trata de “una cadena de preocupaciones exageradas y persistentes”, y que se convertirá en tóxica “si nos bloquea y hace que veamos una única opción en lugar de activarnos para que evaluemos y escojamos las que más nos convienen”.

“La emoción y el pensamiento son las dos caras de una misma moneda”, sostiene Stamateas. Así, “las emociones nos hacen pensar de determinada manera y, a su vez, esto activa determinadas emociones”.

El especialista subraya que para tener un buen manejo de ellas debemos convertir las emociones en una “fuente de sabiduría” y no reprimirlas. Convertirlas en un instrumento para pensar mejor y no para decidir. Saber qué me conviene hacer en una situación particular es inteligencia emocional”.

¿Qué tal?