Humores cambiantes

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Enrique Chao

Enrique Chao

echao@dialogoejecutivo.com.mx

Es consultor de publicaciones industriales y de negocios, experto en generar ideas para contenido y director de diversos proyectos editoriales.

Desde la formación del mundo, en las condiciones astronómicas que guarda hasta el día de hoy, cada estación del año presenta distintas facetas que cambian la perspectiva y el paisaje, y según cada una, los seres vivos procuran adaptarse, sólo para sobrevivir

Hay animales que logran cambios acentuados en las estaciones, como algunos ciervos que pasan de color tierra roja, en verano, a color gris tenue, en invierno, o algunas liebres, como la del Ártico, que pasan, en las mismas estaciones citadas, de marrón y ocre, a gris clarito y blanco, de forma respectiva.

Los seres humanos también cambiamos, pero el cabello y la piel no se nos vuelve roja en verano y azul en invierno; los nuestros son cambios más sutiles, más cerebrales, que se manifiestan en el humor, en la energía…, pero son igual de drásticos.

Plantas y animales salvajes recrean aspectos, apariencia e, incluso, algunas conductas para adaptarse a las estaciones del año, con el único afán de sobrevivir a los oleajes crecientes de temperatura en verano o a la carencia de alimento en invierno.

Desde la formación del mundo, en las condiciones astronómicas que guarda hasta el día de hoy, cada estación del año presenta distintas facetas que cambian la perspectiva y el paisaje, y según cada una, los seres vivos procuran adaptarse, sólo para sobrevivir.

Como en espejo, los humanos nos reflejamos por las características de cada estación, aunque en México el acento de cada una de ellas no es tan drástico como en Canadá, por ejemplo, donde las estaciones se desbocan en mayores contrastes.

Allá, en otoño, al momento que los árboles se despojan de sus hojas, la gente entra poco a poco en una profunda melancolía. En cambio, aquí, padecemos más el clima (lluvias, huracanes y demás fenómenos meteorológicos) que la estación.

La carga de serotonina
Se cree que hay una estrecha relación entre la cantidad de luz y la serotonina en el cerebro, es decir, la hormona del humor, que tiene que ver, sobre todo, con estar más o menos melancólicos.

Según un estudio comentado con amplitud en una nota del diario El País, “desde el punto de vista del cerebro, hay latitudes donde las estaciones no tienen demasiadas diferencias, porque están muy cerca del Trópico o del Ecuador. Para el resto, se ha hablado mucho de cambios en el humor y un peor estado anímico, porque parece que nos bajaría un poco el tono”.

El neurólogo español Carlos Tejero, citado por este diario español, piensa que el otoño es triste, además, porque se dejan atrás las vacaciones y aumentan las tareas en el trabajo y en la escuela.

En otoño, por otro lado, el cambio más importante que tiene que ver con el cerebro se debe, sin duda, al menor tiempo de luz solar (¿sabía usted que cada día hay tres minutos menos de luz?), lo que, a su vez tiene que ver con la producción de ciertas hormonas: “la principal, la melatonina, que se produce en mayor cantidad en la oscuridad”, y es la que “influye en que tengamos más sueño (pero también peor ánimo, más hambre y más frío)”. En otro ángulo, la Universidad de Virginia, Estados Unidos, asevera que hay una mutación genética que hace que el ojo de algunos sea meno sensitivo a la luz… En opinión de los investigadores de esa institución educativa: en los meses fríos se cuenta “con menores niveles de un receptor de fotopigmento llamado melanopsina, involucrado en la regulación del ritmo circadiano, y necesitan mayores niveles de luz brillante para mantenerse en su funcionamiento normal”.

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Las hojas muertas
Cabe recordar que hay situaciones nuevas –ya sea por el cambio climático, por fenómenos naturales o por cambios cíclicos- que hacen que los seres vivos también cambien y no tengan las mismas condiciones que hace 100 años. Esto influye en la aceptación de determinadas acciones que antes se realizaban casi por instinto en cada estación y que empiezan a ser ahora un poco diferentes.

¿Puede un salto del termómetro afectar al cerebro de forma determinante? Estudios llevados a cabo en los años 90 en la Universidad de Southampton, Inglaterra, revelaron que la mayoría de los adultos, “al menos 90%, experimentan cambios sutiles en el estado de ánimo, energía y sueño cuando cambia la estación”.

Esos estudios sirvieron de base para ahondar en el término Seasonal Affective Disorder (SAD, en sus siglas en inglés), que traducido al español resulta en Trastorno Afectivo Estacional, una serie de síntomas vinculados a las variaciones de luz y clima.

La supervivencia en punto de equilibrio
Hace más o menos cuatro años, un equipo de científicos identificó el mecanismo activador de los relojes internos de los animales, que se cree, prepara a los animales para la estación, incluso más allá del clima que la acompañe, debido a que no depende de la meteorología, sino de las horas transcurridas a partir de la salida del Sol hasta que se pone.

El equipo de investigación, dirigido por Hugues Dardente y David Hazlerigg, de la Universidad de Aberdeen, halló el interruptor que corresponde al ciclo diario de luz y oscuridad, y que controla la producción de hormonas dependiente de la estación del año.

Este hallazgo fue crucial para determinar el vínculo, en mamíferos, entre el ritmo biológico diario y el que responde a las estaciones del año. Los resultados sugieren que existe un mecanismo arcaico que no ha sufrido alteraciones a lo largo de la evolución de los vertebrados.

¿Qué tanto están "preprogramados" estos mecanismos? ¿Cómo harán frente a los cambios suscitados por el calentamiento global y que ahora inciden en las estaciones?

Como se sabe, los animales usan los cambios estacionales en la longitud del día para determinar el calendario de las circunstancias más importantes de su ciclo de vida, como la migración, la muda y la reproducción.

Por lo pronto, los resultados del estudio corroboran que las especies que habitan muy al norte, y quizás en un futuro ya no muy lejano, serán menos capaces de ajustar su reloj anual para que coincida con las estaciones locales alteradas.


Un equipo de científicos identificó el mecanismo activador de los relojes internos de los animales, que se cree, prepara a los animales para la estación, incluso más allá del clima que la acompañe, debido a que no depende de la meteorología, sino de las horas transcurridas a partir de la salida del Sol hasta que se pone

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¿Qué hora es en nuestro reloj interno?
Pero, así como esto es válido para los animales, ¿podría ser válido para el ser humano? Otro estudio reciente señala que estos cambios no son sólo externos, sino que suceden dentro de nuestra propia naturaleza.

Ya Hipócrates, en el siglo IV a.C., consideró que hasta los vientos pueden afectar a las personas y apuntó la posibilidad de que las epidemias se vincularan con las condiciones meteorológicas.

En estos días, se acaba de verificar el cambio de hora, lo que pone en aprietos, como en todos los cambios de hora, nuestra adaptabilidad. Es como llegar de un largo viaje al lugar más distante del mundo y pretender funcionar como si nada. Lo cierto es que el cuerpo suele tardar como una semana o dos en recobrar el paso de ganar una hora para nuestra agenda.

En México, el cambio de horario se aplica desde 1996, el primer domingo de abril, cuando se le llama Horario de verano, y el último domingo de octubre, momento en que se aplica el Horario de invierno.

El ajuste de una hora que se realiza en los relojes para pasar de un horario al otro ocurre con exactitud a las 02:00 horas, con el afán de minimizar los posibles efectos adversos para la sociedad por efecto del ajuste de los relojes.

Los genes y las estaciones
Por otro lado, y en otra dimensión, hoy se sabe que los cambios estacionales también rozan a nuestros genes.

En Nature, la famosa publicación sobre ciencia, se presentó un artículo donde decía que al menos un quinto de todos los genes que circulan en el torrente sanguíneo pasa por un cambio a lo largo de las cuatro estaciones del año.

Se creía que los genes eran como algo inmutable, pero el artículo revela que, durante el invierno “el sistema inmune se comienza a reforzar de forma automática, mientras que en el verano la sangre se llena de hormonas para quemar grasa, aumentar masa muscular y retener agua”.

Esos cambios, según los expertos, podrían explicar el curso de algunas enfermedades estacionales, por ejemplo.

Chris Wallace, de la Universidad de Cambridge, y autor del artículo se preguntó: “¿Cómo los genes responden a los cambios en las estaciones? Y como dio con algunos genes que modificaban sus funciones a lo largo del día, estudió a estos mismos genes, pero ahora a lo largo de un año”.

Wallace y su equipo compararon datos de más de 1,000 individuos en seis países distintos, a partir de cuatro estudios.

“Necesitábamos estudios que observaran muchos genes, pero que se enfocaran en los mismos individuos durante el año”, lo que permitió observar su evolución.

Cabe destacar que el estudio no muestra cuál es el motivo específico de las modificaciones presentes en cada época del año, “debido a que cambios en la conducta, como quedarse más dentro de la casa o comer diversos tipos de alimentos, podrían también ser los responsables de esto”. No obstante, con datos de tantos individuos de países y culturas distintas “esto sería muy improbable, lo más acertado es que se deba a factores climáticos como la extensión de las horas de luz y los cambios de temperatura”.