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La edad artificial
¿Cuál es el límite?
Autor: Enrique Chao

1 Marzo 2010
Sección: Opinión IF

¿Para qué queremos vivir más tiempo? O mejor dicho, ¿por qué las mujeres viven más que los hombres? ¿Por qué la mitología antigua y moderna cuenta con legiones de inmortales? ¿Para qué la ciencia médica se empeña tanto en prolongar la vida?

Los años de más nunca sobran. Por lo menos eso es lo que marca la tendencia. Pero, como establece Juan Hitzig, un biogerontólogo de la Academia de Medicina Antienvejecimiento de Estados Unidos: “Envejecer es un tema ecopsico-inmuno-endócrino”, ¿qué tal? Y aunque es verdad que hay genes que predisponen a la longevidad “hay muchas otras causas que atentan contra ella”.

La eterna juventud –la cual los españoles, capitaneados por el conquistador Juan Ponce de León, buscaron en una fuente brotante en América-, es cosa de optimistas irredimibles, es decir, de un grupo que, ante los acontecimientos que nos avasallan, por pura paradoja ya está en vías de extinción.

¿Para qué sirve vivir tiempos extra?
Quizás sirve para acabar de leer todos los libros que uno compra por impulso, o para ver todas las películas que “me faltaron de ver” o los sitios turísticos más visitados, para aprender chino y usarlo con maestría o para viajar en una nave espacial a otros sistemas solares en donde se encuentren condiciones favorables para la vida…

En realidad, este anhelo es nuevo y no sabemos muy bien para qué lo queremos anotar en la agenda de nuestras prioridades. En la antigüedad, si nos ponemos a revisar por encimita, los humanos no podían hacer muchos planes a futuro. Vivían al día y en un estrecho margen de tiempo. Después de los 30 años, la mayoría había acabado con las reservas de las células del cuerpo y entraba al ocaso de su existencia.

En efecto, ser viejo, más allá de los 50, era un milagro. Los tejidos se marchitaban pronto y los achaques, uno detrás de otro, debilitaban al organismo. Los brujos o chamanes atendían desde la primera dolencia y, por lo regular, se encargaban de empeorar al enfermo, al rematarlo con sus remedios.

Aunque hay registro de personajes excepcionales, como Matusalén, la criatura más vieja del Antiguo Testamento quien rebasó los límites de numerosas generaciones de patriarcas y héroes bíblicos, puesto que, se dice, vivió 969 años, la vida era muy breve.

Hijo de Enoc y padre de Lamec, que a su vez lo fue de Noé, Matusalén debió morir en el diluvio universal.* A lo mucho quedó como aspirante a la inmortalidad, rasgo que sólo poseen los dioses paganos.

A contrarreloj
Como se sabe, la esperanza de vida, desde 1840, no ha dejado de crecer…, y no hay indicios de que pueda interrumpirse. Al contrario, las condiciones de vida modifican, desde entonces, los condicionantes genéticos. Lo que algunos han llamado la longevidad científica ha tomado desprevenida a una sociedad que no podrá, si la tendencia continúa, asumir los impactos que tendrá en todos los ámbitos.

Mucha gente vive hoy el doble de años que hace un siglo. Esta cifra, dicen los editores de la revista The Lancet, significa que el ser humano vive el doble de años que hace cien. Los investigadores analizaron datos de más de 30 países desarrollados y encontraron que, desde 1950, la probabilidad de sobrevivir después de los 80 años se ha duplicado para ambos sexos.

En la práctica, los límites de una célula hacen suponer que la longevidad máxima del ser humano no rebasará los 150 años, aunque hay ancianos y ancianas que gastan una fortuna (o la herencia de sus hijos y nietos) en cosméticos, medicamentos y dietas especiales que les ayuden a borrar tanto canas como arrugas y que los saturan de ilusiones.

Sin embargo, sin duda es una obsesión que distrae a la civilización, y más a aquéllos miembros a quienes les ha ido tan bien en la vida que, ya picados, quieren mantenerse más tiempo vivos, a toda costa, aunque sea en un laboratorio, un reducto de animación suspendida o sumergidos en un útero de hielo, con la esperanza de la criogenia.

Por cierto, ¿sabía usted que ya hay más de 800 personas que han dado su refrendo para que, una vez muertos, sus cuerpos o cabezas, al menos, sean congelados para ser recobrados en el futuro?** Eso se dice que hizo el multimillonario Walt Disney quien, según la leyenda urbana, se le congeló ya muerto, con el fin de darle tiempo a la ciencia para que diera con las circunstancias precisas para resucitar a los muertos y darles otra oportunidad, pero ahora con más salud y bienestar (ver la película, El dormilón, de Woody Allen).

La vida a plazos
Como prueba de que todo eso es posible, y de que las leyes de la vida se pueden transgredir, hoy en día se realizan experimentos para regresar a la vida al extinto tigre de Tasmania. En eso está la Universidad de Nueva Gales del Sur, que intentará por enésima vez resucitarlo. Mike Archer, director del Museo de Australia y jefe del proyecto, propuso una nueva estrategia para recuperar los genes de los huesos y los dientes del animal.

Se dice que los científicos utilizarán un embrión de tigre-marsupial descubierto en un frasco que encontraron en el almacén del museo, en mayo de 1999, y que fue envasado en 1866. Por suerte, para preservarlo, en lugar de formol, emplearon alcohol, lo que ha permitido conservar el ADN del ejemplar en condiciones casi perfectas.

Hace 10 años, el Museo Nacional de Australia extrajo tejido del corazón e hígado del embrión, y comprobó que contenía ADN de alta calidad. Después obtuvieron ADN de músculos y fémur de otros ejemplares, más la médula ósea de un thylacinus, conservado desde 1893, y un premolar de otro tigre de Tasmania descubierto en 1922. Los expertos en técnicas de resucitación se empeñan en echar a andar el ADN, pero hasta ahora el proyecto no ha logrado nada. Aun así, los científicos insisten en regresar a la vida a este animal que se esfumó en 1936.

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